Dar la palabra

Un blog más para mezclar, cortar, repartir y compartir la palabra.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Los casos de Leo. Caso VIII Escena 2 Concierto

Esta entrada es continuación de
por supuesto, eso si compraste la, ejem... entrada.

El desconcierto es total. La nueva megaestrella de Popó Stars, Aquiles Canto, cayó muerto en medio de su show. Mientras el presentador Mariano Claudica hace lo posible por desviar la atención del caso, los fans se dispersan manifestando dispares conductas. La mayoría se vuelve a regañadientes a su casa esperando que TVgetamos vuelva a excitarlos con otra votación para ganador del reality. Algunos lloran desconsolados, la entrada costaba un dineral. Otros decepcionados la emprenden contra las butacas del teatro mientras los altoparlantes atruenan con el clásico La gran bestia pop de Los Redondos. En medio del caos, Inés es arrastrada por Leo hacia la puerta principal cuando...

- Pará, Leo, escuchá...
- Sí, La gran bestia pop, pero no me voy a detener a poguear acá y menos atomizar butacas. Eso ya lo hice hace como veinte años...
- No, no, está sonando tu celu.
- Glup... Por favor, que no sea...
...
- Sí, mi Principal. Diga mi Principal. Cómo no, mi Principal. Como usted ordene, mi Principal. Lo mantengo informado, mi Principal. Cambio y fuera, mi Principal.
- ¿Era?
- Era. Nos tenemos que quedar. 
- Uffff, ¿cómo se enteró el Principal de que estábamos aquí?
- ¿No lo viste? Estaba en primera fila.
- No me digas que trajo a alguna nieta.
- Mmmm, no, por la forma en que hacía gestitos al escenario algo me dice que está interesado en alguna de las coristas.
- Pero... ¿la corista estará interesada en él?
- Misterios del amor y la fama, querida Inés. Vamos a hablar con el encargado de la sala.

- Buenas noches, señora. Somos de Investigaciones. Necesitamos hablar con el encargado del teatro.
- Soy yo.
- ¿Usted? Imaginaba alg...
- Sí, soy yo. Supongo que me ve un poco mayor para esta tarea que es tan exigente. Mi nombre es Cecilia Dolores Quidaron, los allegados me dicen Ceci Loli...
- Muy bien, Ceci Loli, necesito que me autorice a darle un vistazo al difunto y que prohíba a todo el mundo subir al escenario.
- Pero... el desafortunado muchacho parece haber tenido solo un infarto. ¿Qué le hace pensar que..?
- Por ahora, nada. Solamente me dieron una orden y debo cumplirla y hacerla cumplir a los demás. En pocos minutos tendré en mano la orden judicial.
- Bien, entonces haré lo que me pide. Y no es porque usted me caiga bien y menos su novia, esta rubiecita toda escotada que no sé si no podría ser su hija.
- Glup... Sí... No... Grap... cof, cof... es Inés, cof, cof... de mi equip...
- Está nervioso, Ceci, cada vez que a mi novio le dicen esas cosas se pone así.
- Por favor, hagan su trabajo y retírense de mi vista. Estoy calculando las pérdidas del teatro si no llegamos a renovar el seguro a tiempo.

- ¿Por qué le dijiste eso a la vieja, Inés? ¿No ves que..?
- Shhh, Leín, callate y dejame hacer. Es mejor que suponga que no tengo nada que ver con tu trabajo... Puedo preguntar con más libertad.
- Bueno, total no parece que hubiera más motivo que un ataque repentino... Démosle un vistazo al difunto. Justo lo están revisando los forenses de calle.

 - En principio no tenemos signos externos notables. No hay disparos, incisiones por objetos cortantes ni golpes violentos.
- ¡Qué va a haber, doc! ...si se desparramó en el medio del tema como una hoja reseca que la brisa del otoño hace caer de un árbol grisáceo y...
- ¿La rubia lo pone poético, inspector Damier?
- ¿A quién no..?
- Es cierto, ¿usted la autorizó a andar husmeando por el escenario?
- Ehhh, sí, sí, cof, cof, es mi novia y es muy curiosa...
- ¡Excelente! Estemmm, en confianza... si alguna vez lo deja... estemmm... ¿me pasaría el número?
- ¡Calle y haga su trabajo, imbécil!
- ¡Grap! Bien, no hay mucho más.
- Disculpe... dijo "signos externos notables". ¿Me está queriendo decir que hay algo no tan notable y usted no le da importancia?
- Bueno, siempre pasa eso en los muertos y en los vivos. Uñazos por rascadas, picaduras de insectos, rasguños, cicatrices a medio cerrar, nadie tiene la piel de porcelana, ¿comprende?
- Al grano, ¿qué halló en el cuerpo de Aquiles Canto? 
- Bueno, mire esta planilla donde he asentado esos detalles.
- A ver... mmmm... Marcas en la fosa del codo y antebrazo, posible señal de adicción... Probable picadura de insecto en la base del cuello con microgotas de sangre... Talón agrietado... Marcas recientes de uñas en el hombro derecho... y sigue... Esto es demasiado para mí. Me voy a permitir fotografiar esta planilla con el celular. ¿Ya está completa?
- Sí, sí, que laburen los forenses en la morgue ahora. Yo me voy, ya cumplí. Que se arreglen.

En los camarines...
- ¡Qué macana lo de Aquiles, Iván! Nadie sabía que sufría del corazón.
- Mirá, Marco, yo sospecho algo raro. Todos sabemos que Aquiles tenía muchos enemigos. Por supuesto, además de cada uno de nosotros, que fuimos su rivales y sin dudas haríamos cualquier cosa por ocupar su lugar. En el escenario, no en el jonca, claro. Además, ser favorito del reality le permitió coquetear con las chicas.
- Allí viene Ágata, preguntale si tiene alguna novedad.
- Mish, mish... Ágata
- ¡Mirá que sos zanguango, Iván! No es hora de chistes.
- Ma qué chistes... ¿Averiguaste algo de lo que le pasó a Aquiles, Ágata?
- Nada demasiado malo, se murió.
- ¿Y eso no es malo?
- Malo para él, que era un miserable, Iván. Para nosotros es volver a la gran oportunidad, ya lo escuchaste al imbécil de Claudica: se vuelve a competir por la gran final. A estos infames de TVgetamos solo le interesa el negocio. A rey puesto, rey muerto...
- Será a rey muerto, rey puesto...
- No, lo pusieron y se murió.

En un pasillo Leo encuentra a Inés que vuelve del escenario...
- ¿Y? ¿Algo valioso en el escenario?
- Bueno, sí y no, diría Ignacio en un caso como este...
- Sonamos, si algo te faltaba era citar a Ignacio como si fuera Séneca.
- Sene, ¿qué?
- Uf, nada, contame qué viste.
- Un poco de todo, pero creo que es lo típico de un recital pop. Botellas, puchos con rellenos varios, lentejuelas, pastilleros, sin contar cables, un tubito, enchufes, púas...
- ¿Nada te llamó la atención en forma especial?
- Diría que no... Igual tomé unas fotos haciéndome la que perseguía pokemones.
- Eso se llama estar al día con la tecnología y las técnicas de investigación con simulaciones. Bien, Inés, bien. Vas aprendiendo. Y, ¿registraste algo interesante?
- Un Bulbasaur, mirá, mirá...

lunes, 15 de agosto de 2016

Los casos de Leo. Caso VIII Escena 1 Concierto

 
No todo es trabajo en el equipo de investigaciones más reputado de la urbe. La bella y ya no tan novata Inés Perta convenció a su jefe Leo Damier para que la acompañe a un gran concierto que la discográfica Soné Music promocionó por cuanta FM se pusiera en su camino. Bajo el pegadizo e ingenioso slogan Aquí les canta Aquiles Canto los medios pusieron sobre el tapete a la nueva figurita por surgida del reality Popó Stars. Se trata de Aquiles Canto, seudónimo del carilindo Aquiles Ladro, cuyo apellido Soné Music decidió mutar en algo más adecuado.
El teatro estaba abarrotado de adolescentes destilando hormonas a pleno. Leo, que hasta podía ser padre de la mayoría, se encontraba incómodo en parte por sentirse fuera de época, en parte por esa extraña sensación de que Inés significaba para él algo diferente a una compañera de trabajo y aventuras, una sensación que no podía ni quería intentar definir.
Inés estaba absorta con el espectáculo, disfrutando indeciblemente de su casi olvidada prolongación de adolescencia.

- ¿Te gusta, Leo?
- ¿Cuál de las coristas?
- Jaja, qué tonto, me parece que no te copa Aqui, a mí me encanta.
- No me copa aquí ni más allá. En cantos, los de las coristas superan a los del tipo ese...
- En eso tenés razón, cantan bien y son muy bellas.
- Sí, sí, casi tan bellas como... como... ¡cof!. ¡cof!
- Ay, Leo, ¿estás bien?
- Grap, ehhh, sí, sí...
- ¿Sabías que la banda de Aquiles Canto se formó con los chicos y chicas que participaron del reality?
- Bueno... no sabía ni que existía este Aquiles, te imaginarás que menos la banda.
- ¡Ay, Leo! ¿No mirás la tele? Fue furor en todos los programas del canal TVgetamos. Te cuento quienes son. La primera corista de la izquierda, la más delgadita, se llama Ailén Tokeduele. La del medio es Ágata Nomeganás y la de la derecha se llama Florencia Deggiro, pero le dicen Flor.
- Qué bien... ¿Y los de la banda?
- El guitarrista es Aniceto Carr, no se luce mucho. El bajista es Marco Labase, dicen que es muy bueno. El que toca la batería es Iván Fueraerritmo, muy exigente. En el teclado se destaca Alberto Ven, le dicen Beto.
- Será Beetho...
- Igual suena bien.
- ...

En el escenario...
- Gracias, querido público. Agradecerles el placer de cantar para ustedes. Para corresponder tanto cariño, interpretarles un tema mío de alta poética, interpretarles. Pero antes voy a presentar a mi banda, amigos y amigas recogidos durante Popó Stars.
- ¡Ja, ja, juaaaa! ¡Pla, pla, pla..! ¡Ídolo! ¡Genioooo!
- ...
- Y ahora vamos con el tema, intitulado "Canción de amor" ¡y diceeee..!
- Shalalalalaaaa♫, shalalalaaaa♪...
- ¡Bien ese coro! ¡Ailén, Ágata y Flor! ¡Vamos todoooosss!
- Shalalalalaaaa♫, shalalalaaaa♪...
- Canto una canción de amor♫ a tu boca loca ♪ que me provoca cuando mis labios toca y me coloca♫
- Shalalalalaaaa♫, shalalalaaaa♪...
- ...mientras la pena♫ que me condena y me encadena♪ y corre por mi vena como su melena♫...

Entre el público...
- Indudablemente está condenado al éxito este muchacho. Es una pena que no esté condenado al silencio.
- ¡No seas malo, Leo! Tené en cuenta que es su primer tema... shalalalaaaa♪
- Lo tengo en cuenta, Inés. El próximo seguro es autobiográfico, se va a llamar "Garganta con gangrena".
- Ese sarcasmo lo tirás por envidia.
- Y eso que no dije nada de sus amigos y amigas recogidos durante el reality...
- ¡Ah, no me dijiste que sabías de los affaires con las coristas..! ¿No era que no lo conocías?
- Seguí escuchando, Inés, te vas a perder el resto del tema... que ya va surtiendo efecto...
- Sí, sí, shalalalaaaa♪... Ahora viene el solo de batería, mirá, es un capo Iván.

¡Tutá, tututá, tutá, tututá, tom, tom, tshhhhhh, tutá, tututá, tutá, tututá, tom, tom, tshhhhhh..!
- ¿No se curó aún de la epilepsia ese pibe?
- Jajaja, ¡sos loco! Escuchá cómo suena esa guitarra ahora...
¡Peeeeiing, pi, piiinnn, peiiinng ♪!
 - Tan joven y con Parkinson.
- Shhhh, mirá esta parte, es reemotiva, se pone de rodillas y... ¡Uy, ¿qué le pasó?!
- ¡Se cayó redondo al piso!
- Seguro le bajó la presión, ¡con tanto baile!
- Para mí tomó algo.
- ¿Un medicamento? ¿Drogas?
- No, tomó conciencia y se suicidó.
- No seas así, vamos a ver si podemos ayudar, Leo.
- Tranquila, no fomentemos el caos, seguro hay médicos en la sala. Dejalos que hagan su trabajo.

Minutos después...
- ¡Cuánta alarma! Parece que no está bien, pobre Aquiles...
- Mmmm, mi olfato de sabueso me dice que hay algo más que no está bien y no es solo ese cantante.
- ¿Por?
- Le están tratando de hacer RCP. Si no palmó, pasa raspando.
- Mirá, Leo, va a hablar el conductor del show, Mariano Claudica.

En el borde del escenario, el consternado locutor anuncia las novedades...
- Lamentamos informar que nuestra megaestrella Aquiles Canto, elegido por una multitud de argentinos como el nuevo Popó Star ha sufrido una descompensación, pero ¡el show debe continuar! ¡Shoumastgouon! La banda seguirá tocando hasta que Aquiles se reponga, ¡daaleeee!

Al rato, Claudica lagrimea con énfasis al tomar el micrófono, como lo hace mientras anuncia cantantes, cena o mira una telenovela.
- Querido público, aquí no ha pasado nada. La semana que viene realizaremos otra final del Popó Stars para reemplazar a Aquiles Canto quien presenta una indisposición permanente que le impedirá en lo sucesivo representar a esta juventud tan emprendedora. ¿Quién será el nuevo o la nueva Popó Star? ¿Marco? ¿Ailén? ¿Flor? ¿Iván? ¿Aniceto? ¿Beto? ¿Ágata? ¡Shoumastgouon! Nos vemos el sábado que viene por TVgetamos. Y ahora... ¡cada carancho a su rancho! ¡Daaaleeeee!

- ¿Qué dice este imbécil, Leo?
- Que Aquiles Canto ya está tocando el arpa. 
- Noooooo, pobre Aquiles, tenía el mundo por delante, ¿qué hacemos ahora?
- Nos vamos. Pobre pibe, me caía simpático y más desde que calló.

[continuará]

sábado, 6 de agosto de 2016

Gato del patio e tierra

El gato es una de las músicas folclóricas más tradicionales y difundidas por las costumbres escolares. Se baila suelto, con movimientos que insinúan galanteos recíprocos donde el hombre sigue a la moza con elegancia y a una distancia prudente. Tiene variantes según la región a la que pertenece, pero sin perder la gracia que la identifica.
Se dice que su nombre nace de la vetusta copla:
Salta la perdiz, madre,
salta la infeliz;
que se la lleva el gato,
el gato mis-mis...
 Con Fernando compusimos el Gatito del Chapuy, que ha resonado bastante en nuestra ciudad y en la región debido a la identificación que producen los avatares compartidos de transitar dicha ruta.
Ahora intentamos con otro gato, de temática más tradicional: el enamorarse en los bailes de carnaval. Como contrapartida de Ceniza de vieja quema, aquí parece que los galanteos están cerca de producir el resultado esperado. De paso, pintamos la clásica escena del baile donde hay varios instrumentos, el cura larga su solemnidad para guitarrear, las comadronas hacen corrillo y aparece el típico beodo de las farras.
Ya subiremos video.


GATO DEL PATIO E TIERRA

Cuando suena este gatito
salen todos a bailar.
Tropezando por el tinto,
nadie queda en el lugar.

Se levanta el tierrerío
venga alguien a regar.


Las muchachas bien donosas
coquetean al zarandear.
Los muchachos entonados
dele y dele zapatear.

Si me das esa cintura
no la suelto nunca más.


Cuchicheando a un costado
las viejas marcan compás.
Cogoteando una botella
el tío Adolfo va pa'trás.

No se pierda esa morocha
entre la multitud.


Carnaval para mi tierra
que se alegra al festejar.
El curita sin sotana
la guitarra va a rascar.

Se levanta el tierrerío
venga alguien a regar.


Un violín empaña estrellas,
el bombo te hace vibrar,
si bosteza un bandoneón
mi pueblo voy a añorar.

Si me das esa cintura
no la suelto nunca más.


Yo te he visto de reojo
me mirabas al bailar.
Seré pobre pero honrado
amor no te va  a faltar.

No se pierda esa morocha
entre la multitud.

sábado, 23 de julio de 2016

Ceniza de vieja quema

Los carnavales norteños eran -y siguen siendo- los momentos propicios para enamorarse y formar pareja. En muchos casos, los habitantes de los cerros bajan ilusionados a los pueblos para los carnavales abandonando por un tiempo sus majadas.
Las celebraciones son multitudinarias y alegres, colmadas de bailes populares y procesiones. En cada provincia adquieren un color especial, no obstante hay temáticas comunes muy relevantes de orígenes ancestrales.

Entre las costumbres se destaca la quema y el entierro del pujllay, que es un gran muñeco representativo de una figura de origen autóctono que aparece en carnaval, con diferentes leyendas sobre su origen. Los carnavaleros juegan con ramos de albahaca y la cara enharinada hasta que se realiza la fiesta de la cacharpaya para cerrar los días festivos quemando y enterrando al pujllay.
Para quienes las fiestas no dieron el resultado de la correspondencia en sus amores, puede resultar que la espera sea de un año hasta una nueva bajada del cerro a las celebraciones.
De ahí tantas zambas, chayas y carnavalitos dedicados al carnaval.
Esta zamba que compusimos, como tantas otras, tiene esta temática central: la tristeza de perder la oportunidad de conseguir enamorada en carnaval y esperar un año más con los fuegos por dentro. Ya la hemos cantado y parece que no está mal. Va la letra, cuando tenga un audio aceptable lo subo al costadito.


Ceniza de vieja quema

Me anda doliendo esta zamba
ay, si pudiera bailar,
y para colmo e dolores
ya hemo enterrao el pujllay.

Me falta albahaca y harina,
la cacharpaya acabó,
el viento me lleva al cerro
apuñalaito de sol.

Ceniza de vieja quema,
dame fuerzas pa cantar,
cambiando penas por coplas
pa volver en carnaval,
cambiando penas por coplas
pa volverme a enamorar.


El monte llama al burrito,
la luna llama al cacuy,
a mí no me llama nadie,
rumiando pesares voy.

El fuego se fue apagando,
mis ilusiones también,
quedan rescoldos por dentro,
viday, que vuelvan a arder.

Ceniza de vieja quema,
dame fuerzas pa cantar,
cambiando penas por coplas
pa volver en carnaval,
cambiando penas por coplas
pa volverme a enamorar.


miércoles, 6 de julio de 2016

Volatilidad y volubilidad en las redes sociales

No pierde el tiempo la editora Irene Secarro. En vistas de la cálida acogida que el lector veraniego otorgó al  Manual de estilo en el uso de redes sociales. Uso de redes sociales como consolador -publicado en abril de 2012- ha decidido solicitarle a su polígrafo sobrino una extensión, actualización o segunda parte de su obra. La misma, por la razón que fuere, merece ser leída y tenida en cuenta aunque más no fuera para evaluar sus consejos levantiscos que no le han reportado otro éxito que uno en cierta forma edípico en favor de damas en edad de su tía.
La obra de Notuyo, lo sabemos, es tan profusa como confusa. Sin embargo, nos acerca a las experiencias más notables en las redes sociales -en adelante RRSS-, nos pone de cara a ellas y nos hace azotar la nariz contra el frío glacial de un espejo pétreo.
A instancias de su tía, Notuyo tituló el material Volatilidad y volubilidad en las redes sociales o cómo convertirse en un volátil voluble consolándose con ellas, título que lo condena necesariamente al autocumplimiento.

Como en aquella oportunidad, extractamos algunos fragmentos los que -no dudamos- impulsarán al lector de esta especie de trailer literario a decidir entre comprar el libro para su lectura o para repasar la grasa del disco de arado arrumbado desde la disparada de precios. A los bifes, antes de que desaparezcan.

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NADA COMO LA VOLATILIDAD
Con la instalación efectiva de las páginas web de usuarios comunes con la web 2.0, las que se editaban con programas especiales como Netscape Composer, Frontpage y otros, el usuario de internet llegó a una conquista: publicar para todo el mundo. Cualquier zapallo más o menos avezado pudo publicar su página web, en ella exponía sus ideas (al principio solamente texto) bien llanamente o bien hiperbólicamente a través del discurso que elaboraba. Y estas páginas se pensaban casi en exclusiva estáticas. Muchas de ellas allí están, las vemos como antiguallas, pero siguen mostrando
Con la llegada de los blogs y con su componente bitacórico de las entradas o posts, una parte quedaba más o menos fija y otra tenía el carácter de renovable. Estas entradas llegaron a ser lo distintivo del blog. Pero las entradas estaban a la vista un día sí y al siguiente se iban bajando hasta desaparecer.
Esta característica que permitió el intercambio espontáneo a través de los comentarios se replicó exacerbada en los fotologs primero y en las llamadas redes sociales luego.
En las RRSS todo es volátil. Aquí podemos pararnos en dos posturas que no analizaremos...

EN LAS REDES SOCIALES TODO EL VOLÁTIL, ¡QUÉ MACANA Y QUÉ SUERTE!
Nuevos usos de las RRSS como consolador para convertirse en un volátil voluble
Quien quiera hacer una investigación o rastreo histórico sobre algún personaje publicador en las RRSS sabrá en principio que todo queda registrado. Pero ese todo puede convertirse en algo que requiera un Champollion de estos tiempos tal el profuso despelote. Veamos algunos consejos de aprovechamiento de la volatilidad
  1. Apele a la memoria de sus adversarios políticos publicando comentarios, videos, notas periodísticas recordando sus andanzas de malandraje. Esto producirá un escarnio inmediato.
  2. Utilice la misma técnica para con los referentes del partido que desea defenestrar, no importa si fueren de este siglo, del pasado o de dos siglos atrás. Ídem anterior.
  3. Olvide a su vez que su propio líder político tiene el culo igual o más sucio que el opositor. Si alguien utiliza la técnica 1 para con usted, recuerde tener contraofensiva a mano.
  4. Insulte, por ejemplo al Papa, por recibir a cierto personaje, mencionar a aquel otro, ser del Ciclón, etc. Esto atraerá a decenas de apóstatas, ateos e iconoclastas.
  5. Hable del Papa en medio de bendiciones por hacer justicia recibiendo a quien le cae simpático o cuando menciona a aquel otro que le cae bien. Esto atraerá a decenas de beatos, santurrones y señoras entradas en aburrimiento.
  6. Tire estados parabólicos o hiperbólicos utilizando frases del estilo de: "vos, sí a vos que sé que estás leyendo te lo digo", "guacha que no voy a nombrar porque no soy como vos, seguí tirándole onda al cornudo de mi marido", "qué feo es tener una vida de mierda como los que me critican", "comprate una vida, vos que me envidiás la moto". Esta técnica no falla y por el contrario se demuestra profusamente eficaz, no solo afectará a quienes quiso zaherir sino también a aquellos que pudieran tener el culo sucio por algo que le hizo a usted o pudo hacerle y además puede prevenir traiciones futuras.
  7. Deslice estados misteriosos, como por ejemplo: "Dios sabe por qué necesito oraciones", "hoy cambió mi vida, soy feliz", "gracias a todos los que estuvieron a mi lado en este difícil momento", cosa que algunos pregunten en los comentarios a qué se debe tal estado. Continúe con el misterio utilizando respuestas como: "te lo digo por pv", "no lo puedo decir acá, que hay gente que me tiene bronca y me lee", u otras consignas en ese orden que agudizarán el filo de su fina pluma. Nada hay como el misterio si uno necesita sumar algún valor que no posee tal cual es.
  8. Replique sin remordimiento textos de advertencia sobre la privacidad en las RRSS, sobre el inminente cobro de una tarifa por su uso o sobre extraños virus informáticos que funcionan mágicamente. Si algún negligente se lo reprocha, apele al uso de explicaciones del mismo nivel que las advertencias que publicó: "no cuesta nada copiar y pegar", "mi mujer me dijo que lo haga y lo hice", "por las dudas". Esto hará que usted se sienta altruista y un agudo lector de las RRSS.
  9. Siga exactamente la misma conducta cuando se trata de milagros prometidos en proporción directa de los "me gusta" o "compartir" recibidos. Esto se aplica a curaciones de cáncer, fotos de imágenes sacras destruidas que pueden arruinar su vida si se niega a compartir, niños desnutridos y perritos atropellados cuya vida depende de las dosis de likes recibidos. Sentirá una enorme satisfacción al ver a gente con su misma benevolencia repetir la consigna.
  10. Replique videos, fotos u oraciones con golpes lo más bajos posibles. Tome por excelentes frases o posturas que tiendan a generar culpa en los lectores. Exija de los gobernantes, maestros, músicos o carpinteros una probidad que los haga dignos del tiempo que invirtió en dedicarles una execración o invectiva. Tal actitud generará en usted la suficiencia de que careció cuando votó a algún infame en un puesto político.
  11. Publique fotos suyas, cómo no, buscando perfiles que lo favorezcan. Por ejemplo, si usted considera que su silueta se asemeja a los modelos publicitados en los medios, retrate la parte de su cuerpo que cumple esta condición.
    11a. Por ejemplo forzoso, si es hombre y logró marcar sus abdominales, recuerde que lo hizo solamente con el objeto de mostrarlos así que tome la foto con esmero, no una selfie chota y oscura sino con suficiente luz lateral para que remarque los relieves deseados. Sus amigos responderán con guasadas que no consignaré aquí poniendo en duda su elección sexual, siempre con un dejo de envidia, ignórelos. Algunas damas cumplirán con el objetivo que usted se habrá planteado, sepa seleccionar aquellas que gocen de sus mismas prerrogativas culturales.
    11b. Si usted es mujer y considera que posee un culo que juzga comparable a la de tal modelo o estrellita de turno, no dude en tomar una buena foto de perfil o frente -en el caso del culo, el frente es la parte trasera- que le haga honor. Se sentirá como si hubiese salido en caras revistas de actualidad, su autoestima se revelará en ascenso cuando sus amigas comenten como "bella", "para vos no pasan los años" y otras apreciaciones destinadas a dicha elevación espiritual.
    11c. Si a su parecer sus formas estéticas no son las adecuadas según los cánones estatuidos, retrátese desde arriba y realice al menos una decena de tomas. Dado el caso aproveche su generoso busto o sugiera lo mismo. Alguna de esas tomas logrará satisfacer su espíritu crítico. Obtendrá efectos similares a los del punto 11b con las evidentes ventajas del caso.
    11d. Si usted tiene un espíritu más bien artístico y considera que su propia belleza reside en actitudes y excentricidades, tomese una foto graciosa o recorte una porción de su rostro. Esto generará la admiración de los más agudos observadores y tal vez atraiga otro tipo de seguidores.
    11e. Sin pretender agotar las posibilidades, publique fotos de sus viajes. Cuanto más lejanos, excéntricos y caros, mejor. Si usted es un estúpido, pero fue a Machu Picchu, Munich o Bangladesh enrostrará a los demás que no tuvieron ese privilegio que usted sí sabe gozar de la vida. Si complementa fotos de los viajes con lugares caros o selectos su autoestima crecerá indefinidamente sin importar otra cosa que mostrar felicidad.
  12. No olvide hacer alarde de sus opciones; eso sí recuerde que el modo el que la publique debe generar culpa al lector desprevenido. "Soy tu docente y quiero para vos lo mejor, bla, bla...", "quien mata una vaca para comer apuñala a un hermano", "si votaste a tal o cual sos un sorete" o frases por el estilo intentarán hacer que los demás aprecien la opción que usted ha realizado y reflexionen acerca del fracasado modo de vida que llevan antes de hundirse en la desdicha. 

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El libro del Lic. Emilio Notuyo es revelador. No quedan dudas de que su experiencia en las RRSS ha sido un continuo fracaso en la búsqueda de amoríos eventuales.
Aun así nos insta de manera un tanto rebuscada a convertirnos en volátiles volubles. No más palabras, juzgue usted, querido lector estos difusos (profusos y confusos) párrafos que nos deja el polígrafo, esta vez en forma de libro, tal vez para que no se volatilice, a no ser para encender algún fuego culinario.
Como siempre, el lector es quien tiene el poder. Excepto, claro está, en las RRSS.

viernes, 24 de junio de 2016

Ese día y no otro

Yo no quería. El damasquero estaba ahí, firme, enhiesto. Plantado a escasos tres o cuatro metros de la galería que remataba la casa hacia el breve patio y la amplia huerta que nos daba casi todo, excepto papas y camotes, claro. Competía con los dos mandarinos, la higuera, el naranjo y el limonero que estaban desde que los primeros recuerdos de intentos de trepada infantil me los traían. Era joven y fuerte y ya casi, o rotundamente más alto que los demás. Cada año amenazaba, pero no daba nada y esto, en silencio, hacía que todos lo valoremos menos que los demás frutales.
Claro, la higuera no servía para jugar. Era bajita, daba unas brevas melosas que se deshacian en la boca, unos higos luego consistentes y sabrosos.
El limonero era sagrado, daba tantos que con mi hermano llenábamos un cajón que había sido de manzanas y se los llevábamos a doña Filomena, la verdulera del barrio para que nos recompense con unos pesos un poco astrosos, pero para nosotros una pequeña fortuna que entibiar con el puño asegurándola dentro del bolsillo de pantaloncito. Como su tronco se separaba en dos ramones a menos de un metro del suelo era apto para trepar, pero apenas una subidita y basta. Una especie de tabú no escrito en ninguna restrictiva paulina nos impedía lastimar su tronco o sus ramas. Tal vez porque fuera el más útil para curar de todo y para la cocina, tal vez por el temor de nuestros padres a que una espina nos lastimase o quizá porque es mejor que no encontremos explicación a esa mirada sobre el árbol como si fuera no menos que una zarza ardiente que no dice cosas triviales.
El naranjo no era simpático, era como un abúlico empleado que cumple con su deber sin más que tirar unas deliciosas naranjas sanguíneas durante su temporada, pero nada más. La copa era demasiado abigarrada y alta como para intentar subirse, exigía enganchar las naranjas altas entre los dientes del rastrillo y dar un tirón seco para que caigan sin romperse, tal la consigna de estos casos.
Los mandarinos eran fabulosamente amistosos. Ambos permitían treparse, armar asientos, llegar a cualquier fruta y comerla en olorosa ceremonia dentro de una copa que abrazaba. El paraíso de los chicos en edad de imaginar guerras solo para vestirse de héroe, porque era lo que correspondía imaginar. Héroe con revólver, ametralladora, espada, florete, ballesta o gomera, no importa, héroe al fin.
Pero el damasquero no servía para nada, solo daba sombra, que no faltaba. Entonces sin cómo ni cuándo en la familia se empezó a soltar y para qué lo tenemos, hace años que está y nada, qué lástima árbol tan lindo y nada, hasta que habría que sacarlo. Yo no quería. Es cierto que lo ignoraba bastante, porque era alto e inaccesible para jugar. Pero la anticipada ausencia en mi imaginación raspó la piel de eso que llamamos pena. Pero no tenía argumentos más válidos que el anuncio de la ausencia.
Y las penas de un chico son dolores que a veces cura un alegrón, que a veces sepulta un dolor mayor y que a veces tienen la suerte de toparse con una abuela. Enterada de la situación soltó despreocupada un eso porque nunca le pegaron. Ah, sí, pegarle -decían los mayores con sonrisitas de costado- para que den. Vos esperalo, dijo la abuela, el día de San Juan le das unos golpes con una varilla y vas a ver cómo empieza a dar, ese día y no otro. Por supuesto pregunté cuál era el día de San Juan. El veinticuatro, dijo, asumiendo que yo sabía que estábamos en junio. Ese día con más pena que antes pero con un pico de ilusión esperanzada le dí un par de golpes con un palo de escoba. El gesto era ampuloso, pero no me animaba a sacudirle un guascazo contundente, así que me refrené no queriendo lastimarlo. Salieron dos golpecitos como para que entendiera qué le iba a pasar si no obedecía.
Apenas vino la primavera cada vez que salía al patio relojeaba la copa simulando no darle importancia. No prometía hasta que unas florcitas trémulas se encogieron sobre sí mismas y envueltos de asombro dos damasquitos empezaron a hincharse relucientes. Explicarlo es inútil, sucedió el milagro.
Al año siguiente esperé a San Juan con la regla de tres en mano. Si dos golpes generaron dos damascos, equis golpes generarían otros equis frutos, por supuesto con el crédito ganado el año anterior.
Tomé otro palo y ahora sí con todas las ganas. ¿Así con que te hacían falta unos golpes? Acá los tenés. Le puse ocho palazos bien puestos que me dejaron vibrando hasta el dedo gordo del pie. Y vaya que el tipo largó ocho damascos en el verano. Ocho. Ni más ni menos.
Al próximo año contra todos los pronósticos que haría gente sensata no golpeé al damasquero el día de San Juan, pero me acordé de lo hecho con lo agridulce de las cosas que se logran con espera, con demasiada espera. Me pregunto si será que ya tenía dos años más que la primera vez y me sentía grande para esas cosas. O será que quería probar si el arbolito aprendió la lección. O será que quería guardar el milagro intacto y no someterlo a la tremebunda posibilidad de que deje de funcionar en algún momento y así resignar la mágica admiración de la vida y la existencia a designios azarosos que escapan a nuestro control. Porque, sospecho, nos acostumbramos demasiado a causas que podemos controlar y si no podemos controlarlas ya no nos interesan. No sea cosa que nos toque hacernos responsables y no podamos echarles la culpa ni agradecerles a cada paso. No tengo respuesta, solamente recuerdo que yo no quería que saquen el damasquero.

sábado, 11 de junio de 2016

Soli

Hay días en que uno tiene una preocupación que da vueltas por la sesera y no deja pensar en otra cosa. Pero uno es un pedazo de cabeza dura que le da y le da para adelante y hace como que puede con la vida que lleva y con esos problemas que se apersonan para sacudirlo y apoderarse de sus horas. En eso, juro que en eso, iba por la vereda olisqueando ese guisardo comprador victorioso de alguna cocina envaporada que se arremolinaba para encontrar refugio seguro en el porchecito de mi casa. Cómo se hace para conservar la estricta lógica que uno pretende cuando tiene un dilema que resolver si se encuentra inopinadamente arrastrado por esa corriente de mágico fluir de olla.

Empecé a decirme o, mejor dicho, a sacar conclusiones, apresuradas inferencias del origen de esa seguramente artemisítica oleada nasal. Será de la vieja casa de tejas de doña Soli, me dije, que dicen que cocina como los dioses del olimpo si estos se lo propusieran. Dicen, nada más, nada que haya logrado empíricamente corroborar dada la absoluta infranqueabilidad de esa casi centenaria puerta de madera gruesa como un cabio de techo. Los mayores, aquellos que han compartido más tiempo de tortas fritas en las tardes lluviosas, de mate bajo los aleros o en la vereda, los pocos que van quedando de vez en cuando desgranan en sus labios gastados algún elogio recargado de palabras de aquella vecina cocinera que apenas salía a la luz cuando entibiaba el tímido solcito matinal.

La pesada puerta se abrió algunas veces para mí, cinco, diez, tal vez alguna más, no lo sé. Casi todas en esa infancia donde los dolores de panza requerían sí o sí que alguna comadre curara el empacho con el centímetro de la costura, ese que más de una vez llevaban colgado al cuello como insignificante bufanda. Entrabas a esa casa como entrando a un santuario de un tiempo que se postula feliz para darle sentido a un presente regularón. Los muebles, siempre oscuros, tenian patas que remedaban unos a otros. Aquí una cómoda con patitas cabriolé, allá un trinchante con pie de bollo y a lo sumo la primera mesita de madera para el tele con patas torneadas. Y pará de contar. Las sillas de la cocina tenían patas que se afinaban conforme bajaban a los mosaicos de granito bien moteados que duran para siempre y disimulan si hoy no se barrieron. Y estaban tapizadas con un grueso cobertor plástico -bien modernas, decían- corrugado en cuyas costuras asomaba un festón cilíndrico blanco, ávido de ser arrancados por las uñas de los niños cuando los grandes se distraen hablando precisamente de cosas de grandes. Las fotos que adornaban la cómoda, quizás reflejaban hasta los fantasmas de abuelos de doña Soli. No, abuelos no creo, tíos mayores con suerte, no habría fotos de ese pasado decimonónico. Los cuadros eran más adustos, prominentes, intimidaban al visitante declarando un linaje que pasaba de la campiña a la pequeña ciudad industrial como blasón de ascendencia.

Los santos, vírgenes y cristos sufrientes poblaban todo lugar que no enrostraba una foto. Detrás de la puerta de entrada un San Cayetano medio escondido provocaba la curiosidad suficiente para preguntarse qué miércoles está haciendo con una espiga reseca atada con esa cinta roja que además cumplía la función de sostenerlo a una bisagra o sencillamente a una tachuelita o una chinche retorcida. Retorcida o no, cumplía su función, porque el santito impertérrito flameaba de lo lindo al abrirse la pared de madera y volvía a acomodarse quietecito. Parecía gozar con las briznas de aire fresco, libre de los pesados olores de casa antigua y poblada por un eterno matrimonio, que quizás se fueron antes de la fecha de defunción porque no se avivaron -ni pudieron hacerlo- de que la vida de la ciudad era más larga que en el campo, aunque los momentos fuesen más cortos.

Franquear la puerta era adentrarse en ese mundo donde veías salir al encuentro a doña Soli invariablemente cocinando y secándose las manos en el delantal, o lavando y secándose las manos en el delantal, o haciendo cualquier tarea doméstica y secándose las manos en el delantal. Si el motivo era empacho -uno de los dos posibles; el otro llevar tortas fritas si antes trajiste prestada un poco de harina o azúcar, que siempre escaseaba o el garroneo oportuno de azúcar o harina en una tacita que indicaba no más que eso, pero tampoco menos por favor- luego de secarse las manos te acomodaba en el medio de la cocina paradito, se descolgaba el centímetro del cuello y persignándose y santiguándose varias veces pronunciaba unos mágicos conjuros mientras apoyaba el codo en el extremo de la cinta numerada -que había apoyado antes en tu ombligo y ordenaba que la retengas- y bajaba el antebrazo hasta tomar sutilmente con los dedos índice y mayor el lugar de la cinta donde llegó la maniobra y repetir el procedimiento hasta que al acortarse la cinta, la mano que bajaba como barrera te dé en en ombligo si no estabas empachado, o más arriba hasta posiblemente en la frente si lo estabas en alto grado. A veces lo hacía también de espaldas, sabe Dios en qué casos. Si la cosa era brava, te hacía ir al otro día para volver a curarte. Vos cavilabas sobre la mecánica del procedimiento, el porqué de que la repetición de movimientos sobre una cinta de longitud constante daba a distintas alturas en distintas oportunidades, el cómo hacía para que los santos convocados respondieran de modo que todo termine en una curación. Pero al final desistías, porque te rendías a la evidencia de lo mágico, tarde o temprano te curabas y la razón racional era la curación de doña Soli, que no fallaba.

Las medias hasta debajo de la rótula, enrolladito el sobrante, eran perennes. La pollera ancha, como ella, siempre con grises. La cara hexagonal que llevaba los anteojos como un accidente geográfico más. La caminada gringa, pesada, que no sabía de apuros o no respondía a ellos. Doña Soli un día quedó al cuidado de uno de sus hijos. Don Esteban se fue de un ataque al corazón, como se decía. Ella lloró un poco, pero los parientes lloraron más demostrándole de una vez por todas un cariño enorme se ve que bien guardado. Y un día -años o pocos meses después- partió ella. No estaba muy apurada en irse y así entretuvo a hijos, sobrinos y vecinos un tiempo, quizá solamente para enseñarles a ovillar y desovillar manojos de paciencia como la suya, que era de quejarse del tiempo y nada más.
Se llamaría Isolina, afirmo para mí, mientras la corriente de tomate y laurel remezclados me cachetea inclemente. El sol hace lo que puede para trepar en el cielo de junio, pero hasta media altura llegó su amor y en unas horas se desplomará desinteresándose de la cocina, empachado de frío.
El recuerdo de un velorio concurrido es promesa de vuelta a ese darse cuenta que en alguna otra casa de la cuadra se guisa al modo de doña Soli mientras sonrío cuando caigo al corriente de que nadie podrá ya curarme el empacho si me doy una panzada.
No hay caso, no se puede conservar la estricta lógica para acometer los problemas de la vida si persiste alguna magia de guiso del inexorable invierno que se avecina.